miércoles, 3 de octubre de 2012
He vuelto con una confesión coyuntural.
Así que me tomé el tiempo, más que prudente, para desperdiciarlo (perder el tiempo también hace parte del equilibrio). Fue entonces, cuando sentí esa ausencia de palpito que me llevó a buscar un punto ciego en mi vida, que me llevara a no pensar, a no reír, a no encontrarme.
De pronto, apareció como un destello angelical, fue sencillo, allí estaban los Protagonistas de Nuestra Tele (no hay nada que anule más la existencia que un programa tan carente de sentido), me dediqué a desvanecerme noches enteras -dos horas para ser exactos- en la delgada línea entre no hacer un culo y ser un culo, como se imaginarán escogí la segunda; olorosa, aplastada, decadente, en pocas palabras, una fiel televidente.
Entre la vida de la adoptada de Manuela, los sexys labios de Angélica o el estúpido saludo entre los hermanitos Edwin y Sebastián, nunca sentí incomodidad alguna, pues nunca me importaron y nunca me importé.
Al igual que el terror que usted, querido lector, debe estar sintiendo, la pequeña voz que tengo detrás de la trompa de eustaquio enloquecía, estaba aterrorizada y desesperada por hacerme reaccionar. Pero soy de depresiones recalcitrantes que no ceden ante la idea de superación. Por lo tanto seguí en descenso, fui constante, llegué a buscar en el periódico quién había sido el eliminado de la semana (qué vergüenza, cubro mi rostro), estaba cómoda, anulada.
Ahora digito tratando de resarcir el tiempo parpadeado frente a la pantalla, las horas infructuosas, el cuerpo desvaído; tal vez merezca siete latigazos y sesenta y cuatro aves maría, pero debo confesar que hay algo de satisfacción, ya que nunca imaginé que una programación tan fatua -como la nacional- resultara hasta terapéutica.
jueves, 3 de mayo de 2012
La Tierra Plana
viernes, 16 de marzo de 2012
Ideas organizadas son cosas de Punto Aparte
jueves, 1 de marzo de 2012
Instrucciones para dar cuerda a un reloj
Tal vez note que las manecillas de su reloj pierden vida, se tornan lerdas y pesadas, por su cabeza comenzarán a pasar las cuentas pendientes, el mercado que falta por hacer, la salidita con su esposa, amante o aquella amiguita que le parpadea con rapidez deslumbrante cada vez que le observa de lejos; piensa en el último pago y en cuanto falta para el próximo, buscando identificar unos pesos de sobra que le permitan comprar un reloj de reposición. ¡pero no se alarme amigo! tan sólo dirija su mano derecha a este pequeño tornillo que hasta hoy usted creía de adorno, y, ayudándose con sus dedos índice y pulgar, gírelo de seis a ocho veces hasta que él mismo se torne hercúleo y no ceda ante una próxima vuelta. Diríjase a la iglesia del parque -independientemente de la cantidad de pecados que lleve cometidos en el día- observe aquel ingente reloj ubicado en la parte superior central de la estructura y logre acomodar las manecillas del reloj de su muñeca imitando la hora que el santísimo indica.
Ahora probablemente note que mientras pensó en su próximo compromiso, sintió una angustia monetaria, giró un insignificante tornillo y plagió la hora divina; vivió durante quince minutos entre paréntesis, que aunque no hace parte del texto de su vida, su presencia es indispensable para su avance.
lunes, 19 de diciembre de 2011
El juego del Viene y va
jueves, 17 de noviembre de 2011
Como cuando eramos viejos
martes, 18 de octubre de 2011
Pensamientos rápidos
sábado, 6 de agosto de 2011
Cuando la senectud llega al cuerpo
Mister y Misis llevan 38 años de estar casados, son de esos esposos que ya no se oyen, ya no se ven, ya no se sienten. Son como máquinas viejas que sólo hacen un ruido constante. Oxidados, monótonos.
Es 24 de Noviembre y muy de mañana como siempre Mister se levanta de su cama dejando escapar con prisa esos hedores flatulentos que durante toda la noche cobijaron a la señora Misis. Baja como siempre sus escaleras rechinantes y perezosas para ir a tomarse un sorbo de agua; bebe, hace ruidos, vive... como máquina vieja. Recoge la triste correspondencia, las deudas, los recibos, las notificaciones sin sentido.
La mañana es soleada como casi nunca y Mister nota un sobre diferente, éste no le notifica deudas, asegura en su cabeza; éste sobre está firmado con el nombre de una mujer que pasa vagamente por las mazmorras de su memoria. Anuncia su muerte.
- ¡Pero qué coños me importa su muerte!- exclama con un fastidio extrañado.
Continúa leyendo: "... así que te hago cargo del hijo que por 33 años ha preguntado por su padre. Ha preguntado por ti" - ¡mierda! - exclama con un frío angustioso.
Inmediatamente llaman a la puerta, algo en su interior se mueve con una fuerza punzante, gruesa, brusca; parece ser el corazón... ya no recuerda.
Al otro lado de la puerta estaba él, lánguido allí parado. Aquel muchacho de piel fría y débil, cráneo grande, cabello escaso, dientes grandes y separados que advierten un diálogo baboso, escurridizo. Su nombre es Pablito. - ¡33 años y se llama Pablito! - se presenta exánime y tras un saludo temeroso, lejano, como dos extraños que se sienten comprometidos, pasa y toma asiento. Mister lo analiza paulatinamente, su piel amarilla le sugiere una vida sedentaria, arrinconada, de aventuras escasas; tal vez éste joven pasado le refleje su triste presente.
Su aspecto poco agraciado le recuerda a Mister sus malos polvos en su época joven, en su época del "todo se vale" - qué errores se cometen - pensaba con un arrepentimiento resignado.
Pasan los días y la presencia de Pablito sólo acompaña sus frías soledades, es como si ni aún una noticia intempestiva logrará debilitar el óxido de la rutina. En la mesa están los tres, todos rumiantes, todos cuerpos que se mantienen de pie por inercia; masticando, chasqueando, mirando el mismo punto en el centro de la mesa, desorbitados. Ésta vez ya son tres máquinas latosas haciendo un ruido constante con sus escurridizas babas.
Un mes exactamente ha pasado desde que Mister recordó sus épocas de polvos poco exigentes; Pablito se despierta tras oír el ruido de la pólvora que en familia hacen explotar sus vecinos, es un jolgorio, carnaval de risas, cerveza y carne entre los dientes. De pronto, Pablito tiene la extraña sensación de sentirse joven, algo en su cráneo grande le hace pensar que puede valerse de sus propios medios. Por lo que decididamente sujeta sus pertenencias, sus miedos, su memoria vacía y huye, huye con prisa alarmante de las amenazas de la monotonía que le advierten una vejez poco placentera.
Al marcharse, Mister siente cómo algo se le revuelve en el estómago. Ésto ya lo había sentido antes, como cuando se enamoró por décimo segunda vez; es como si se hubiera desacostumbrado al lenguaje de su cuerpo.
Al decir adiós y tras un abrazo apacible su estómago vuelve a gruñir, Mister piensa que tal vez éste le advierte una excitación, así que sin entender mucho aquel rugir vacío que se despertaba detrás de su ombligo, decide hacerle el amor a su esposa. A esa soledad que innegable lo acompaña.
domingo, 24 de julio de 2011
La mujer cuando es maternal
¿Cómo puede sonreír Doña Gruñidos al ver un bebé reír aún cuando va en Transmilenio? -se preguntaba Lunática mientras olía el aliento de quien ahora estaba parado sobre su pie derecho.
PerroPedro: porque todas creen que así se ven maternales y se sienten más agradables a la concurrencia.
Lunática: ¿Es esa la magia que dicen tener los niños?
PerroPedro: No sé. pregúntaselo a su madre cuando éste delate la infidelidad de su padre.


